Esos “Buenos días” que
hacen sentir a uno importante en un mundo como el de hoy (así sea de parte de
un señor de 85 años que tiene esas costumbres instauradas desde pequeño, y que
saluda hasta al perro de trayecto a la despensa) tienden a recordarnos que no
todo está perdido, que el maleducado y egoísta (por no decir desinteresado o
forro) que suele saltarse ese paso no puede arruinarte la jornada. Si la
ilusión, pero no la jornada. Aunque ahí estás, después de tanta reflexión, de
tanta palabrería y aborrecimiento a sus -falta de- acciones reivindicando
atención de manera silenciosa, mirándolo
como si tus pupilas reflejasen las palabras que no expulsa tu boca, y tratando
de descifrar la interpretación de la otra parte, concluyendo al fin que no sos
más que una boluda sonriente y que si te trajeran un espejo te reirías un día
entero de cómo te ves en ese patético intento de impresionar, de igual forma,
tarde para cambios facéticos bruscos seguís sonriendo, pero ésta vez mirando
para otro lado. De repente, esa extraña sensación de hormigueo en la cabeza, como
cuando un beso roza tu cuello, o una voz cálida el teléfono, o si se es un poco
excéntrico el suave sonido de la escoba arrastrarse en el asfalto en manos de
la vecina de al lado y el cantar de las aves anunciando la primavera, uff. Te
incorporás y lo mirás, es que te dijo “¡Buen Día linda, no te saludé!” Detalles
mínimos agigantados, una taza de café caliente en las mañanas de invierno, la
caricia del sol apañando las tardes y unas pantuflas de oso por las noches,
todas, en complemento con ese acto insípido para cualquiera que no entienda de lo
que si entiende tu corazón y tu día se ilumina.-
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