miércoles, 18 de septiembre de 2013

LUZ

Esos “Buenos días” que hacen sentir a uno importante en un mundo como el de hoy (así sea de parte de un señor de 85 años que tiene esas costumbres instauradas desde pequeño, y que saluda hasta al perro de trayecto a la despensa) tienden a recordarnos que no todo está perdido, que el maleducado y egoísta (por no decir desinteresado o forro) que suele saltarse ese paso no puede arruinarte la jornada. Si la ilusión, pero no la jornada. Aunque ahí estás, después de tanta reflexión, de tanta palabrería y aborrecimiento a sus -falta de- acciones reivindicando atención de manera silenciosa,  mirándolo como si tus pupilas reflejasen las palabras que no expulsa tu boca, y tratando de descifrar la interpretación de la otra parte, concluyendo al fin que no sos más que una boluda sonriente y que si te trajeran un espejo te reirías un día entero de cómo te ves en ese patético intento de impresionar, de igual forma, tarde para cambios facéticos bruscos seguís sonriendo, pero ésta vez mirando para otro lado. De repente, esa extraña sensación de hormigueo en la cabeza, como cuando un beso roza tu cuello, o una voz cálida el teléfono, o si se es un poco excéntrico el suave sonido de la escoba arrastrarse en el asfalto en manos de la vecina de al lado y el cantar de las aves anunciando la primavera, uff. Te incorporás y lo mirás, es que te dijo “¡Buen Día linda, no te saludé!” Detalles mínimos agigantados, una taza de café caliente en las mañanas de invierno, la caricia del sol apañando las tardes y unas pantuflas de oso por las noches, todas, en complemento con ese acto insípido para cualquiera que no entienda de lo que si entiende tu corazón y tu día se ilumina.-



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